Historia del ensayo - Ensayo
Ensayo individual
Thomas de Quincey, crítico, ensayista y escritor
inglés, nació en Manchester el 15 de agosto de 1785, sus primeros contactos con
el opio, narcótico al que sería adicto durante el resto de su vida, se dieron mientras estudiaba en Oxford, pero
dejaría la universidad un par de años después. En 1821 publicaría su obra más reconocida,
Confesiones de un inglés comedor de opio, que le ayudaría a solventar
algunos apuros económicos en los que se encontraba. De Quincey “era el vástago
inevitable de una inteligencia refinada y opiómana y una época —la romántica—
que hermanaba filosofía y religión con terror y melancolía, alucinaciones a
medianoche y pasadizos con sesudas y documentadas exposiciones de psicología y
moral” (Barba, 1999), esta herencia es más visible en las obras que escribe de
talante autobiográfico, especialmente Confesiones de un inglés comedor de
opio y Suspiria de profundis. Sin embargo, De Quincey también es
conocido por escribir obras humorísticas, con El asesinato considerado como
una de las bellas artes, siendo el exponente más claro, incluso en este
texto, que tiene un tono lleno de burla y ligereza, es posible ver la
inteligencia en la narración y el mensaje que subyace en ella, todo esto
utilizando el terror y la conmoción que provocó el nacimiento del asesinato
moderno.
El asesinato considerado como
una de las bellas artes
está dividido en tres partes, la primera es un artículo publicado en 1827, que
consiste en La advertencia de un hombre morbosamente virtuoso y La
conferencia. La primera de las dos secciones es escrita por un autor
ficcionalizado con el objetivo de disolver la ‘Sociedad de Conocedores del
Asesinato’, organización que se reúne cuando ocurre este tipo de crimen para
criticarlo como se haría con cualquier otra obra de arte. La publicación del
artículo está justificada bajo la indignación de este escritor, quien adjunta
una de las conferencias mensuales de dicha sociedad, para que el público sepa
exactamente qué se discute en sus reuniones, y que el reproche colectivo sea
suficiente para que cesen su interés insano.
Por otro lado, la segunda
sección del artículo es la conferencia en cuestión, en la que se declaran dos
perspectivas con las que se puede explorar un asesinato, la moralidad y la
estética. La postura del conferencista es bastante clara:
Ya hemos dado lo suficiente a
la moralidad: ha llegado la hora del buen gusto y de las Bellas Artes. No hay
duda de que el caso fue triste, tristísimo, pero no tiene remedio. Hagamos lo
que esté a nuestro alcance con lo que nos queda entre manos, y si es imposible
sacar nada en limpio para fines morales, tratemos el caso estéticamente y
veamos si con ello conseguimos algo. Tal es la lógica del hombre sensato (De
Quincey, 2022).
Después habla sobre los
inicios del asesinato, comenzando con Caín y pasando por otros ejemplos
relevantes, aunque no le parezcan tan innovadores; menciona también que sólo
los personajes importantes, como príncipes y filósofos, son quienes marcan la
historia con sus asesinatos, y con esto se puede demostrar la poca importancia
de personajes como Locke, que dio muchas oportunidades para que el crimen
sucediera, en contraste a otros, como lo fue Descartes, que pudo sobrevivir a
pesar de todas las veces que estuvieron a punto de asesinarlo. El conferencista
analiza cuáles personajes pasaron a la historia con este final, y lo que indica
sobre ellos, pues “demuestra cómo la simple posibilidad razonable de ser
asesinado fomenta de manera asombrosa los talentos latentes” (De Quincey, 2022).
Finaliza su conferencia con las consideraciones que deberían de tenerse para
cometer un buen asesinato, principalmente sería escoger a la persona adecuada,
que sea conocida dentro de su comunidad y que goce de buena salud, para asegurarse
de que el crimen generará alboroto y conmoción, que se seguirá hablando de él
durante mucho tiempo. Por otro lado, están las circunstancias, el lugar y el
momento, que tradicionalmente suelen basarse en la discreción y el aislamiento,
pero se han desafiado estas normas con buenos resultados.
El segundo artículo fue
publicado en 1829, el escritor es diferente al artículo anterior, y se presenta
como un conocedor del asesinato, para no perturbar las sensibilidades de los
lectores. En esta publicación tiene la intención de hablar sobre las
dificultades a las que se ha enfrentado desde que se publicó el artículo pasado,
además de presentar a la Sociedad de Conocedores del Asesinato en otra luz,
para que el público comprenda que no hay motivo para reprocharlos. Empieza desmintiendo
las acusaciones, pues, a pesar de formar parte de la organización, él nunca ha
cometido, fomentado ni ordenado un asesinato. Para comprobar esto relata una
ocasión en que contrató a un criado, el cual asumió que parte de sus labores
sería la del asesinato, el autor rápidamente corrigió, pues si alguien quiere
adentrarse a esta rama del arte, no tendría por qué interrumpir su servicio y
él no tendría por qué escuchar nada de eso. El autor también aclara que no fue
él quien creó el club, diciendo que fue el resultado de las necesidades de la
época.
Después introduce a un
personaje importante para este artículo, Sapo-en-el-pozo, un antiguo miembro al
que se le caracterizaba por su exigencia, constantemente descalificando los
asesinatos modernos como insatisfactorios para la gran tradición pasada. Era
alguien muy poco sociable, muy quejumbroso, siempre rememorando los grandes
asesinatos del pasado con melancolía. Después el escritor comenta que
desapareció en 1811, nadie lo había visto en público y la sociedad suponía que
se había entregado al completo aislamiento, o incluso al suicido. Sin embargo,
el siguiente año, se le vio renacido, con mucho mejor humor y vestimenta, esto
debido al debut de John Williams.
El debut fue un acontecimiento
que causó un alboroto por todo Londres y desembocó en una cena de la Sociedad.
De este festejo se tienen notas taquigráficas pero incompletas, el autor
explica que el único taquígrafo que podría explicar por qué, ha muerto,
presuntamente asesinado. Pero después se llevó a cabo otra cena en 1828, en
honor a los Thugs (o, los estranguladores), donde también se encontraba
Sapo-en-el-pozo. Dichas reuniones se caracterizan por ser alegres y ruidosas,
con canciones hechas por ellos en latín. El autor narra los brindis que hacía
sobre los grandes asesinos del pasado, como el señor Von Hammer, Carlos el
Martillo o los sicarios judíos, no sin ciertas interrupciones algo
irrespetuosas de Sapo-en-el-pozo, quien al final de la velada termina
descontrolándose un poco, disparando en todas direcciones, tras lo cual sería
echado de la cena.
La tercera y última parte es
el Postscriptum, publicado en 1854, que es un recuento de tres asesinatos, dos
cometidos por John Williams en 1812, y otro por los hermanos M’Kean; esta
sección del texto varía de las otras dos, no sólo porque fue publicada casi 30
años después, sino en su narrativa. El tono de este artículo varía mucho de los
dos anteriores, el lenguaje que utiliza el autor es mucho menos especializado,
y es, al fin y al cabo, una narración; se le ha llamado una ‘crónica
periodística’, por su utilización de figuras retóricas y recursos estilísticos,
sin embargo, la crónica periodística no deja de pertenecer al género de
no-ficción, debe permanecer objetiva, alejada de la invención y la imaginación,
este no es el caso del postscriptum.
El autor comienza con
Williams, figura que ha sido mencionada muchas veces a lo largo de los primeros
dos artículos, el primer gran criminal del siglo, primero se describen las
consecuencias sociales de este crimen, pues se creyó que había dejado Londres
tras su primer asesinato y una ola de pánico sacudió toda Inglaterra, sólo después
de su segundo asesinato las provincias se quedarían un poco más tranquilas. El
lugar del primer crimen fue la avenida Ratcliffe Highway, que ya se conocía por
su reputación de ser un lugar peligroso. Ese fue el escenario que eligió John
Williams, un marinero diestro e ingenioso que había estado en India, un hombre
capaz de adaptarse a los cambios de la vida social en el mar. Su víctima fue el
sr. Marr, a quien, por consenso general, se le consideraba alegre y
esperanzado, un joven de solo 27 años, con preocupaciones sobre el negocio
tenía en su propia casa, pero que no permitía le arrebataran el buen humor.
Era un sábado, y en la casa
del sr. Marr se encontraban cinco personas, él, su joven esposa, su hijo de 8
meses, un muchacho aprendiz de 13 años, y la criada, Mary. El sr. Marr le pidió
a Mary que saliera a comprar ostras para la cena familiar, pero cuando regresó encontró
una casa completamente a oscuras, escuchó que alguien bajaba por las escleras y
avanzaba hasta ponerse directamente frente a la puerta, así duraron, uno frente
a otro durante unos segundos, hasta que Mary se puso a golpear la puerta con desesperación,
afortunadamente despertando al vecino, a quien le explicó gritando la
situación. Para cuando pudieron entrar, la puerta trasera estaba completamente
abierta, el asesino se había fugado. Tan solo una hora antes, Williams entró al
negocio de Marr pretendiendo ser un cliente, y, esperando hasta que aquel
hombre se distrajo, Williams lo golpeó con un mazo para después cortarle la
garganta, lo que eventualmente también haría con la Sra. Marr, el joven
aprendiz y el bebé de ocho meses.
El caso se difundió
rápidamente y en el funeral de los Marr y del aprendiz asistieron alrededor de
30 mil personas, a pesar de la indignación popular, no había un sospechoso, y
se creyó que eventualmente la popularidad de caso decaería. Una predicción incorrecta,
porque 12 días después, Williams irrumpió en un segundo hogar. En este caso,
fue del Sr. Williamson, un hombre de 70 años conocido y respetable que manejaba
una taberna en su propia casa. Ese jueves en la noche estaban 5 personas dentro
de la casa, el Sr. y la Sra. Williamson, su nieta de 9 años, una criada y un
jornalero. El jornalero estaba en la planta alta, sin poder dormir, hasta que
un golpe lo levantó de la cama y lo llevó a abrir la puerta justo a tiempo para
escuchar el grito de la criada. El jornalero procedió a bajar las escaleras
para ver al asesino de la familia, quien, buscando algo, no se dio cuenta de la
presencia del jornalero.
El primero en morir fue el Sr.
Williamson, a quien arrojó de la escalera, para después cortarle la garganta,
después siguió la Sra. Williamson, con un golpe fatal a su nuca, y finalmente
fue la criada, que solo pudo gritar antes de sufrir el mismo destino. Mientras
el jornalero observaba a Williams, pudo ver que su abrigo estaba forrado de una
seda de la mejor calidad y que sus zapatos parecían nuevos, pero no se detuvo a
observar más, en la primera oportunidad que tuvo subió para cortar tiras de las
sábanas y hacer una cuerda que le ayudaría a salir por ventana. Decidido a
encontrar una forma de salvar también a la nieta de los Williamson, decide
salir y gritar por ayuda en cuanto vea a alguien; mientras tanto, Williams se
embolsaba billetes y monedas de oro. Uno de los ejemplos por los que esta
sección no puede ser considerada como una crónica periodística es el siguiente,
en el que el narrador divaga un poco sobre lo que supone que podría haber
pasado, sin certeza alguna:
Aún estaba libre esa vía de
escape; todavía en ese momento le quedaba tiempo para huir y dar comienzo a la
siguiente revolución en la novela de su vida abominable. Llevaba en los
bolsillos un botín de más de cien libras, o sea que disponía de los medios para
procurarse un disfraz completo. Si esta misma noche se afeita el pelo amarillo
y se oscurece las cejas, si al llegar la mañana compra una peluca oscura y
ropas que le permitan asumir el aspecto de un grave profesional, eludirá todas
las sospechas de policías impertinentes, podrá embarcarse en cualquiera de las
cien naves que se dirigen a un puerto del enorme litoral de los Estados Unidos
Americanos (que tiene más de 2.400 millas), disfrutará, si quiere, de cincuenta
años de descansado arrepentimiento y hasta podrá morir en olor de santidad (De
Quincey, 2022).
El jornalero alertó sobre la
presencia del asesino de los Marr en la casa, inmediatamente causando un
revuelo y no hubo nada que detuviera a los vecinos para entrar a la casa, sin
embargo, Williams, habiendo saltado por la ventana, logró perder a la multitud.
A la nieta la encontraron en su cama, intacta. A la mañana siguiente la policía
anunció un descubrimiento: Williams había olvidado un mazo con las iniciales
J.P en la tienda de los Marr, lo que causó hizo que los demás inquilinos del
alojamiento de Williams lo reconocieran, pues el mazo pertenecía a un
carpintero llamado John Petersen, que había dejado las herramientas en la
posada. De igual manera, el cirujano que examinó los cadáveres notó que el
cuchillo que había sido utilizado era un cuchillo francés, que no tardaron en
encontrar escondido en la posada, junto con unos zapatos nuevos y un abrigo
forrado en seda. Así fue como se descubrió la identidad de Williams, quien fue
aprehendido y que después se quitaría la vida.
El segundo caso del poscriptum
se dedica a los hermanos M’Kean, de 28 y 32 años, quienes, despojados de sus
bienes por una catástrofe social juzgaron responsable a toda la sociedad y
decidieron robar una posada, aunque fuera necesario asesinar a los dueños para
conseguirlo. En esta posada estaban: el dueño, su mujer, una joven criada y un
niño de 12 años. Los hermanos se presentaron en la posada por separado y a
distintas horas, uno de ellos se encargó de adormecer al dueño, dejándolo
incapacitado. La criada condujo al mayor a la habitación del niño, donde se
hospedaría, pero antes de que pudiera marcharse, M’Kean la sujetó y le cortó la
garganta, sólo que no se dio cuenta de que el niño estaba despierto, por lo que
no pudo hacer nada cuando salió corriendo de la habitación y de la posada, para
después esconderse en una zanja. Esto sacó de su estupor al dueño y a su mujer,
por lo que los hermanos tuvieron que irse sin ningún beneficio, se les apresó y
ejecutó poco después. Este caso únicamente es puesto como punto de comparación
a los asesinatos cometidos por Williams, pues el narrador explica al final que:
Su caso se hallaba dentro de
límites que ahora se considerarían como circunstancias atenuantes, pues si bien
el cometer un asesinato más o menos no bastó para disuadirlos de su propósito,
es evidente que deseaban evitar en lo posible el derramamiento de sangre. Por
ello la distancia que los separa de Williams el monstruo es inconmensurable (De
Quincey, 2022).
El texto de De Quincey utiliza
lo que suele denominarse como humor inglés, que se distingue por el uso del
ingenio, la ironía y el sarcasmo, y también el uso del humor negro (temáticas
políticas o tabú, como la muerte), la insinuación (en tanto doble sentido, pero
también en tanto que es relativamente sutil, no es ruidosa y llamativa como la
estadounidense, sino que se disfraza con un tono casi formal), la seriedad (uno
podría llamarla fría, el objetivo es lograr una retroalimentación constante, un
diálogo lleno de todas estas características sin caer en la risa) (Wilkinson,
2019). Sin embargo, el tono de este texto es satírico, burlesco incluso, porque
los autores ficcionalizados no tienen la intención de utilizar el humor inglés
en su discurso, ellos escriben en un verdadero ambiente formal donde los
discursos que enuncian son tomados en serio, es, al fin y al cabo, una
denuncia, una conferencia o una defensa a su persona y a la su asociación. La
sátira es acerca de ellos, son los lectores los que pueden apreciar el juego
que hace De Quincey, con estos autores que dicen todo tipo de términos en
griego y latín aunque rara vez son traducidas (hay una intencionalidad, no
sobre el entendimiento de estas palabras, sino sobre el hecho de que estén
ahí), que utilizan citas de grandes escritores para que quede claro que son
eruditos y así sus argumentos elocuentes sean reconocidos positivamente (ya sea
a favor de tomar al asesinato como un arte que debe perfeccionarse y difundirse,
o como que esta es una práctica insana en un país cristiano). Es ahí donde
entra la sátira, la burla, no sólo de esta sociedad, como vemos en el segundo
artículo, sino también de estas ideas, que normalmente llevan a enunciados dichos
con toda autoridad, pero que en retrospectiva que suenan disparatados.
De Quincey no es el primero ni
el único en utilizar este tipo de sátira repleta de ironía, cien años antes
Jonathan Swift había publicado Una humilde propuesta, ensayo donde
responde a los problemas políticos y sociales de su época (principalmente la
hambruna y las injusticias de la pobreza), a los que Swift llega con una
proposición “para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga
para sus padres o su país y para que se conviertan en algo de provecho para el
pueblo” (Swift, 1729/2021), donde básicamente dice que las personas en la
pobreza deben vender a sus hijos a terratenientes ricos para que se los coman,
y así sean útiles. Este texto causó mucha controversia por tomarse de manera
literal, sin tomar en cuenta que era una denuncia a las situaciones en las que
vivían los campesinos irlandeses de aquella época, al igual que un reclamo a
aquellos terratenientes que permitían que pasaran estas cosas y que se
beneficiaban de ellas. De Quincey, aunque controversial, escoge un tema que no
se alcanza a delimitar con tanta facilidad, al fin y al cabo, tanto los
miembros de esta sociedad como el lector tienen un rol pasivo en los
asesinatos, alaban estos actos y promueven su perfeccionamiento, pero siempre
en esta posición de que el crimen ya ha sucedido, por lo que no queda nada más
que maravillarse de los acontecimientos. Esta postura no fue inventada por De
Quincey, sino que es un reflejo de lo que estaba por nacer en esta época.
En su libro The invention
of murder, Judith Flanders (2011) habla sobre el nacimiento de la cultura
del asesinato moderno, a través de diferentes casos que terminarían impulsando
la ficción detectivesca (tanto reales como no), y que forjarían una fascinación
en el público ante estos sucesos, esencialmente originando un mercado que
sobrevive gracias a la morbosidad colectiva:
In
the nineteenth century, murder – a rarity in reality – was ubiquitous in
novels, in broadsides and ballads, in theatre and melodrama and opera – even in
puppet shows and performing dog-acts. As Punch wrote, ‘We are a trading
community, a commercial people. Murder is doubtless a very shocking offence,
nevertheless as what is done is not to be undone, let us make our money out of
it’
En esta cita podemos encontrar
puntos muy similares a los que De Quincey hace en su ensayo, si el asesinato es
omnipresente en la sociedad, uno puede y debe hacer lo mejor de ello, así es
cómo, tanto el autor como el público en general, se desensibilizan y el
asesinato se vuelve algo transaccional, de lo que puede ganarse una obra digna
de admiración y conmoción, una fuente segura de consumo y dinero. Esta sátira,
además de los autores, busca también extenderse al público, el postscriptum
intenta probar que esta fascinación por el asesinato es algo que en lo que
todos podemos caer. Se le considera un antecedente de la novela negra, a pesar
de que narra dos asesinatos que realmente sucedieron, porque De Quincey lo
escribe de una manera que intencionalmente busca interesar al lector, meterlo
en esta narrativa que ha creado.
Por más que haga una burla de
las sociedades elitistas o puritanas, De Quincey no da argumentos para cerrar
completamente esta perspectiva del asesinato, sino que prefiere liberar a la
estética. Esto lo hace al mostrarla tal y como es, una estructura construida de
criterios arbitrarios, que no le debe obediencia ciega a nada, ni a la
tradición, ni al canon, ni siquiera a la ética o la moral. Así, algo como el
asesinato puede ser clasificado bajo esta serie de valores que cualquiera puede
decidir, incluso una sociedad como la que se retrata, porque las estéticas
siempre han surgido de esta forma.
Este texto utiliza la flexibilidad ensayística para presentarse como artículos escritos de manera muy diferente, por diversos autores ficcionalizados, y los somete a la ironía de sus propias palabras y argumentos; sin embargo, en medio de la controversia está la relativización de la estética, la convierte en los estándares acordados en un lugar y una época, por lo que puede existir más allá de otros acuerdos sociales. De Quincey no cierra el tema, no dice la última palabra sobre este conflicto entre la moral y la estética, sino que incita a desarrollar un sentido común, al exponerlo con elocuentes argumentos sobre por qué el asesinato podría ser considerado una forma artística, el lector debe pensar más allá de las nociones preconcebidas sobre lo que es digno de ser bello o admirado, y reflexionar acerca de lo que puede o no ser considerado arte. De igual manera, De Quincey utiliza este tono en parte como crítica (o exploración) del morbo del público y de cómo los periódicos se aprovechaban de esto; sin embargo, pasa a la historia con una fuerza que no se le concedió al ensayo de Swift, en gran medida por la novedad que significó el crimen de Williams, que no sólo conmocionó a la población de su tiempo, sino que también inauguró una nueva figura del asesino, que se esconde en las sombras, que puede ser o elegir a cualquiera de nosotros y, por lo tanto, un nuevo tipo de miedo que no desconocemos en la actualidad.
Referencias
Barba, A.
(1999). Thomas de Quincey, el visionario. Nueva Revista. Recuperado 2 de
diciembre de 2024, de
https://www.nuevarevista.net/thomas-de-quincey-el-visionario/
De Quincey,
T. (2022). Confesiones de un inglés comedor de opio y otros ensayos (J.
R. Hernández Arias, Trad.). Valdemar.
Flanders, J. (2011). The Invention of
Murder: How the Victorians Revelled in Death and Detection and Created Modern
Crime. St. Martin’s
Griffin.
Swift, J.
(2021). Una humilde propuesta. Nórdica Libros. (Obra original publicada
1729)
Wilkinson, J.
W. (2019, 22 marzo). Humor británico: la última risotada. Jot
Down Cultural Magazine. Recuperado 2 de diciembre de 2024,
de https://www.jotdown.es/2019/06/humor-britanico-la-ultima-risotada/
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