Literatura e interdisciplinariedad - Final
En el patio de mi casa me dejaron algunas plantas
Estaban muy emocionados cuando lo hicieron, fueron
ellos quienes prepararon todo, arreglaron para las losas del piso,
seleccionaron cuidadosamente los adornos de la pared y los diseños en las
macetas, fumigaron, compraron luces y las colgaron de pared a pared, de esas
que se recargan en el día y se prenden en la noche, que llenan el patio con una
luz naranja y suave. Se vio muy bonito mientras estaban aquí, e incluso un
tiempo después de que se fueran, con las macetitas tan verdes que me parecían
llenas de vida. Algunas plantas daban flores, unas cositas pequeñas y
delicadas, otras únicamente mostraban sus hojas. Algunas eran de color verde
intenso, otras mezclaban tonalidades de amarillo y café. Algunas se tocaban
frágiles, demandando ternura, otras tenían más dureza, sabiéndose destinadas a
una vida sin amabilidad.
Florecieron durante un tiempo, acostumbrándose al sol
y a la brisa, a los límites de la maceta y a la cuidadora que les había sido
asignada. Pero el patio de mi casa no fue mi decisión, yo quería esperar un
tiempo, ajustarme al lugar, agarrarle cariño, encontrarle utilidad; no me
escucharon, como suele suceder. Ellos lo planearon, ellos lo prepararon, pero
fue a mí a quien le tocó cuidarlo, y al inicio no me resultó tan difícil, todo
era verde y limpio y bueno, luego vinieron los chapulines.
El patio de mi casa solo puede verse cuando abro las
cortinas
Nunca había pensado que el patio de mi casa podía
convertirse en algo más que eso, pero cuando vi las docenas de chapulines en el
piso, agonizando, me di cuenta de que ya no era solamente un patio, era un
cementerio. El insecticida no había sido puesto por ellos, eran las arañas y
los alacranes los que queríamos alejar, pero cuando abrí la cortina, el patio
estaba tapizado de chapulines, no había nada más que barrerlos. Algunos todavía
vivían, saltaban contra las paredes como si pudieran escapar, pero el daño ya
estaba hecho, sabía que la próxima vez que saliera iban a ser ellos quienes
estuvieran en el piso, demasiado intoxicados para levantarse. Nunca había
pensado que los chapulines pudieran deshacerse tan fácilmente, no me lo
esperaba la primera vez que limpié las patitas que se habían separado de sus
cuerpos, después ya no hubo nada por lo que sorprenderse.
Fue bastante fácil echar las cortinas y no volverlas a
abrir en semanas. Para cuando lo hice, todo estaba diferente, el tallo de una
planta se estaba volviendo marrón, lentamente consumiendo el color que antes
poseía, sus hojas estaban inclinadas, mortecinas, el esfuerzo de alzada y verde
se había vuelto demasiado para ella. Otras tenía sus hojas tiesas, habían
empezado a secarse desde las puntas hacia dentro, perdiendo todo color.
Aquellas que tenían flores las habían perdido, hacía mucho tiempo, supongo. Recuerdo
que una de ellas tenía largos tallos que se erguían, mostrando con orgullo las
frágiles flores que la llenaban de color; cuando volví al patio, parecía que
nunca las había tenido, sus tallos caídos y sus hojas de un verde opaco, sin
vida.
Les puse tanta agua como pude, pero sabía que de poco
serviría, no sé si alguna vez algo haya podido ser salvado en base a
desesperación. He estado saliendo regularmente, regándolas y rogando que no
fuera demasiado tarde, pero nada ha mejorado realmente. Para algunas ya era
demasiado tarde, permanecen en sus macetas, secas, tiesas y grises,
petrificadas para siempre en una misma forma. Otras sí pudieron recuperarse,
volviendo a un verde intenso como si nada hubiese pasado. La mayoría sigue en
medio, todavía pueden verse tallos marrones y deslucidos, hojas secas que
apenas tienen la fuerza para no caer, pero empiezan a agarrar color, incluso han
aparecido pequeñas manchas rosas, flores que me hacen esperar que puedan
regresar a ser como alguna vez fueron.
Debo admitir que una parte de mí piensa que no podía
haber sucedido de otra forma, no soy una persona que pueda cuidar algo
indefenso, algo completamente dependiente; aunque lo consiguiera, el patio ya
no es lo que era antes. Los chapulines siguen muriendo, despedazándose cuando
paso la escoba, las arañas siguen llegando, escondiéndose entre las hojas,
anidando en las esquinas de las paredes, colgando de las luces; no hay
escapatoria, no hay descanso, cuando salgo debo prepararme porque los insectos
pueden estar esperando en todas partes, en las paredes, en el piso o en las
plantas, quieren subírseme a los zapatos, posarse en mi cabeza, caminar por mi
cuerpo, cobrar venganza. Intento hacer que el patio vuelva a lo que era antes,
pero entonces no le temía como ahora, no lo resentía; al final, cuando ellos
regresen, sólo verán la magnitud de mi apatía y mi fracaso.
En el patio de mi casa no hay vida, no hay nada
No puedo evitar preguntarme, ¿era eso lo que había?
¿Vida? Belleza, quizás. Aquellas plantas, incluso floreciendo, estaban siempre
estáticas y aisladas, ¿eso también es vida? Existencia, quizás. No es algo
natural, arrancadas y vueltas a plantar, ahora aquí, ahora allá, no están donde
deberían, su subsistencia está atada a mis manos, necesitan una atención
constante y amable, pero cómo podría proveer lo que a mí nunca se me ha dado.
Casi nunca abro las cortinas, no soporto mirarlas durante demasiado tiempo, el
problema es que no tengo que hacerlo para sentirlas, esperando, exigiendo,
implorando; no las veo, pero siempre están. Quizás en el patio de mi casa no
hay vida, pero definitivamente hay muerte, estoy impregnada de ella, permanece
dentro de mí, aquella que la causa y luego se arrepiente, que la barre un día y
también el siguiente. Nunca quise esto, ¿acaso un patio solitario no es mejor a
uno lleno de muerte? Estos añicos de naturaleza no me traen ningún placer, pero
seguirán en mi mente mucho después de que el tiempo los consuma enteros.
09/12/24
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