Literatura e interdisciplinariedad - Ensayo
(La muestra de que mi obsesión era justificada. Ensayo que después usé de ponencia para un congreso)
El entenado y la construcción de un imaginario propio
En su texto Canibalia, Carlos Jáuregui abarca
las modificaciones a la imagen del ‘otro’ que surgieron con el llamado
‘descubrimiento’ de América, especialmente con la creación de una nueva figura en
el imaginario social, el caníbal. En el primer capítulo del libro, Jáuregui
(2008) explica que, a pesar de llamarla ‘creación’, esta figura aparece con
relación a diferentes paradigmas ya existentes (ya sea grecolatinos o
medievales), especialmente con los antropófagos de Heródoto, los ‘comedores de
hombres’. Sin embargo, el caníbal americano tenía sus propias particularidades,
y es que el tiempo en el que fue creado lo ata irrevocablemente con distintos
procesos sobre el discurso que se forma alrededor de la imagen del otro, así,
el hecho de que “en el imaginario europeo sobre América no hubo una causa de
terror más recurrente que la de ser sacrificado, destazado, preparado y
devorado” (Jáuregui, 2008), convive con
el hecho de que “imperialismo y explotación pueden leerse a contrapelo
como formas de canibalismo en las trampas y paradojas de su propio tenor. El
caníbal escrito apunta al caníbal que escribe” (Jáuregui, 2008). Desde la
cartografía hasta la economía, todo aspecto europeo fue renovado con relación a
un descubrimiento que amenaza con relativizar lo que se conocía hasta entonces,
es por eso por lo que el conquistador asume una autoestima desbordada, llegando
a las costas de un continente completamente ajeno, pero cuestionando la
existencia de aquellos ‘salvajes’ y cómo podrían ser utilizados. Complejo como
haya sido, para la gente común, que no tenía voz en las ideologías de
conquista, solamente había un imaginario social basado en la idea del ‘ellos’ y
‘nosotros’, el destructivo salvaje y el generoso hombre civilizado.
Por otro lado, El entenado
es un libro escrito por Juan José Saer, publicado en 1983, que relata el viaje
de un grumete, narrador sin nombre, situado en la época del descubrimiento de
América. En un intento por llegar a las Indias, la tripulación del barco
termina en las costas americanas, donde todos, a excepción del protagonista,
son asesinados por una tribu de caníbales, con quienes el narrador terminará
viviendo durante diez años. Aunque de
manera breve, el protagonista relata su infancia, en la que la orfandad lo
llevaría a los puertos, donde serían los cargamentos, las prostitutas y viejos
marineros los que reemplazarían a sus padres; más tarde se uniría una
tripulación y partiría con solo quince años, así, el narrador describe cómo era
la vida con los marineros, el tedio de los días en el barco y el deseo de
arribar a alguna parte.
Algo que resalta en la
narración es la falta del imaginario social que existían en aquella época, pues
a pesar de hablar sobre el querer llegar a su destino, no hace gran referencia
a lo que cree que encontrará, cuenta lo que ha escuchado de los marineros, para
quienes la descripción de los otros se mezcla con la fantasía de monstruos
marinos, pero el lector no alcanza a vislumbrar cuáles eran las impresiones del
protagonista, quien únicamente explica: “Lo desconocido es una abstracción; lo
conocido, un desierto; pero lo conocido a medias, lo vislumbrado, es el lugar
perfecto para hacer ondular deseo y alucinación” (Saer, 1983) . Esto es algo
completamente deliberado, la historia no está siendo contada por el muchacho de
quince años con hambre de altamar, sino por el hombre de setenta años que se
permite recordar todo lo que significó este viaje. Así, el relato queda
ensombrecido por el hecho de que son memorias de hace décadas, y todo queda
bajo la duda de si el narrador está olvidando o modificando detalles, ya sea de
forma intencional o no.
Sobre la realidad en el
imaginario cultural, Daniel-Henri Pageaux (1994) dice:
El estudio de la imagen no se
ha de atener tanto al grado de ‘realidad’ de la imagen, a su relación con lo
real, cuanto a su conformidad más o menos nítida con un modelo, con un esquema
cultural que existe antes que él, en la cultura ‘que mira’ y no en la cultura
‘mirada’. (p. 105)
Es significativa la elección
de no incluir la representación del otro que llevaban consigo los marineros, no
tanto porque señale la falibilidad del narrador (aunque también lo hace), sino
porque señala un cambio en él y en su perspectiva, entre las cosas que merecen
ser contadas, lo que se pensaba del otro no tiene cabida. Hay otras formas en
que la rememoración influye en la estructura de la obra y en la construcción
del espacio y tiempo. Acerca de la
estructura de la obra, no puede decirse que sea lineal, sino que hay numerosas
ocasiones en que el narrador interrumpe lo que está relatando con prolepsis que
le recuerdan al lector desde qué momento lo hace, haciendo alusión a su vejez,
a la acción de escribir y lo que estas experiencias han siguen significando
para él (a pesar de las ciudades en que vive y las décadas que han pasado). De
igual manera, la secuencia narrativa de eventos tampoco es lineal, sino que
aparenta una cronología, yéndose desde su infancia, sus diez años de extravío,
hasta el momento en que decide dejar atrás su nombre e iniciar una familia,
solo para romper esta linealidad y pasar la última parte de la novela volviendo
a recordar la década que vivió junto a los caníbales, imitando el curso que ha
seguido su propia vida, dejando atrás su identidad, pero regresando a sus
memorias de cualquier manera.
Por otro lado, el tiempo
también tiene un tratamiento particular, pues el uso de resumen y elipsis marca
un ritmo desigual para las diferentes etapas en la vida del narrador. La mayor
parte de la extensión textual es dedicada a las experiencias y reflexiones
provocadas por los caníbales, mientras que poco se especifica de los sucesos
anteriores o posteriores. Dejando de lado las reflexiones, hay dos periodos
específicos en los que se detiene la trama: cuando el narrador se encuentra observando
a las costumbres de los caníbales por primera vez (su llegada y el primer
ritual), y cuando lo rescatan y pasa un tiempo al cuidado del padre Quesada; ambos
momentos de ajuste para el protagonista.
Finalmente, el espacio resalta
por la manera tan vivaz en que se describe, Saer hace uso de los sentidos, especialmente
del olfato, para mantener al lector inmerso en estos lugares, de los cuales
altamar y la costa de la tribu son los que tienen más protagonismo, por
ejemplo, “El olor de esos ríos es sin par sobre esta tierra. Es un olor a
origen, a formación húmeda y trabajosa, a crecimiento” (Saer, 1983). El uso
de los espacios cobra aun más importancia cuando se tiene en cuenta que, a
excepción del protagonista, los demás personajes tienen poca o nula relevancia,
solo el padre Quesada y el capitán se muestran de forma más relevante, pero los
demás, caníbales, tripulación o circenses por igual, se mantienen en el fondo,
como grupos sin rostro específico, lo único realmente identificable son los
espacios que habitan.
Es así como vemos un relato
que está íntimamente moldeado a la perspectiva de su narrador, hay un intento
de comunicar una historia, pero no hay una presunción de objetividad, y tampoco
debería haberla, pues “el escritor-viajero es productor del relato, objeto
privilegiado del relato, organizador del relato y director escénico de su
propia persona. Es narrador, actor, experimentador y objeto de experimentación,
memorialista de sus propios actos y sus propias actitudes” (Pageaux, 1994). Con
una sutil crítica a la literatura de viajes que asume como absolutos los
prejuicios que emite, el texto de Saer se plantea consciente de que “Yo ‘miro’
al Otro; pero la imagen del Otro también transmite una cierta imagen de mí
mismo” (Pageaux, 1994), es decir, narra a los caníbales deconstruyendo la
autoestima desbordada de los colonizadores.
La forma en que se logra esta
deconstrucción es a través de los ojos del protagonista, pues, a diferencia de
otras expediciones, él pierde cualquier contacto con su cultura de origen, los
demás marineros que iban a la exploración, incluyendo su capitán, mueren, y
nunca vuelve a saber del resto de la tripulación que se había quedado en el
barco. Con esta muestra de piedad por parte de los caníbales empieza un proceso
en el que el protagonista les reconoce cierta humanidad, no en tanto afirmar un
gesto de poder, como dice Jáuregui (2008):
Incluso en sus versiones más
criticadas y de buena fe, el humanismo universalista que proclamaba la
humanidad del aborigen cumplía con dos cometidos coloniales: el de justificar
la presencia europea en el Nuevo Mundo (bajo el imperativo evangélico y humanitario),
y el de autorizar el centro moral (europeo y cristiano) de esa humanidad
universal; porque acaso, ¿no es moralmente más humano quien le reconoce la
humanidad al Otro? (p. 101)
El entenado no es literatura colonial, no trabaja bajo el
imperativo evangélico, y más que reconocer la humanidad para mostrarse
moralmente superior, el narrador reconoce la humanidad en los caníbales porque
no le queda opción, arrancado de un lugar donde pertenecía, se le sitúa en un
lugar donde él es el otro, y aun regresando al lugar donde comenzó, no volverá
a pertenecer, no completamente. El proceso de asimilación del protagonista es
doloroso e insatisfactorio, intenta desesperadamente verse a sí mismo a través
de los ojos de la tribu, pero tanto su cultura como su lenguaje se caracterizan
por un hermetismo que siempre lo deja fuera. Es esta asimilación lo que lo
vuelve a dejar fuera cuando es rescatado, desmentido queda el imaginario
europeo del caníbal, pues más que volverse un mito, superviviente y vencedor de
culturas exóticas y salvajes, se convierte en un hijo de dos sociedades que no
se encuentra en ninguna, desgarrado, entenado, desilusionado.
Otra particularidad temática
son las dualidades que podemos encontrar en la novela: mar y tierra, ciudad y
naturaleza; sin embargo, estas dicotomías se complican cuando los límites
empiezan a difuminarse. Del capitán se dice que “había dos capitanes: el que
transmitía, con precisión matemática, órdenes que emanaban, sin duda, de la
corona, y el que miraba fijo un punto invisible entre el mar y el cielo, sin
parpadear, petrificado sobre el puente” (Saer, 1983), ¿quién es el verdadero
capitán? También de la tribu se describen dos lados, por un lado, prudentes y
reservados, por otro, caníbales y desenfrenados, ¿cómo es el verdadero salvaje?
Probablemente la dualidad más compleja sea la de el hombre civilizado y el
salvaje caníbal, ¿qué los diferencia realmente?
Es esta pregunta la que revela
que el proceso de asimilación anteriormente nombrado no ha sido realizado en su
totalidad, sigue habiendo diferencias en la forma en que el narrador representa
a la tripulación y a los salvajes, especialmente con la sexualidad, mientras
que los encuentros sexuales en la tripulación se relatan de manera sutil, con
lo mínimo para entender a qué está refiriendo, los actos sexuales llevados a
cabo por los caníbales se relatan gráfica y extensivamente (además de que él
mismo incluye sus sentimientos de rechazo y disgusto). Incluso en su vejez, el
narrador piensa en una como más justificable que la otra, así como podría
formarse un caso para defender que, aun habiéndose asimilado en la cultura y el
lenguaje de la tribu, sigue intentando preservar lo que puede del imaginario
europeo, y aunque el texto establezca claras similitudes entre el civilizado y
el salvaje (el vacío, por ejemplo, que comparten el capitán y los caníbales),
el narrador se resiste a reconocerlas.
En conclusión, en otras circunstancias el narrador no tendría que haberse enfrentado con la ruptura de la autoestima colonial, pero esta vez se le obliga a dejar atrás el imaginario que conoce para crear uno propio, a mirar al caníbal para mirarse a sí mismo, ya sea que logre aceptar lo que ve, como su desilusión, o que se rehúse a hacerlo, como las similitudes entre unos y otros. Así, el texto es una búsqueda, no sólo para intentar determinar a dónde pertenece, explicar por qué parece que a ninguna parte, sino también para tratar de encontrar un algún equilibro entre todo lo que ha vivido. Saer muestra la creación de un imaginario propio como un proceso solitario, llevado a cabo de manera involuntaria, pues la sociedad no perdona fácilmente el desafiar lo que se ha establecido como certeza, es por eso por lo que el narrador, incluso habiendo completado su historia, queda tan insatisfecho como antes, en un lugar indeterminado que lo inmoviliza en sus memorias.
Referencias
Jáuregui, C.
A. (2008). CAPÍTULO I. Canibalia. En Canibalia (pp. 47-131).
Iberoamericana Vervuert.
Pageaux,
D.-H. (1994). De la imaginería cultural al imaginario. En Compendio de
literatura comparada (pp. 101-129). Siglo XXI Editores.
Saer, J. J.
(1984). El entenado. Elefanta Editorial.
19/11/24
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