Discurso de graduación
(Demasiado corto)
Para iniciar mi discurso me gustaría contarles una pequeña anécdota: cuando empecé a conducir fue principalmente por necesidad, intenté posponerlo todo lo que pude porque me daba terror pensar en todo lo que podía salir mal. Mi mamá me enseñó y, con pequeños tropiezos, supe cómo manejar un auto; aún así, no fue entonces cuando terminé de aprender, hay cosas que únicamente puedes descubrir con la experiencia: llegar a nuevos lugares, prever lo que harán los demás conductores, tomar el tráfico en consideración, recuperarse del primer choque y del segundo. También me decidí por la Licenciatura en Estudios Literarios con mucho miedo, me abrumaba la incertidumbre de qué me depararía el futuro y si tendría siquiera la habilidad o los conocimientos suficientes. Aquella vez, sin embargo, lo que me trajo hasta aquí no fue la necesidad, sino mi amor por la literatura.
A lo largo de estos cuatro años, pude ver en mis compañeros una incertidumbre similar, pero también algo que siempre me provocó admiración: una férrea voluntad de seguir. En mi generación la gran mayoría somos foráneos e incluso aquellos que residen en la ciudad recorren grandes distancias para llegar al campus. Algunos atraviesan la ciudad entera, otros vivimos lejos de nuestra familia, otros transitan entre fronteras, día con día. Cuando lo pienso me viene a la mente la pregunta: ¿por qué elegimos esto? Fuimos y vinimos como la marea para terminar aquí y ahora; todavía no sé cómo nos decidimos por aquello que nos apasiona, lo que puedo decir es que dentro de mis compañeros también vi reflejado mi amor por la literatura. Es un tipo particular de afecto, al que no le basta únicamente existir, necesita ir más allá, cuestionarse hasta comprender y luego volver a hacerlo porque no hay conocimiento que deba mantenerse estático cuando el ser humano, por definición, pocas veces lo hace. En mis compañeros he visto mi propio anhelo por indagar, escribir, y nombrar; sabemos que en el lenguaje subyace un poder que debe cuestionarse, y un universo que debe reconstruirse.
Si hay algo capaz de soportar el escrutinio de nuestros ojos y la avidez de nuestras manos, es la literatura. Siempre en movimiento, con la posibilidad de ser reescrita por cualquiera, en cualquier momento. Incluso el acto mismo de leer nos han enseñado a llevarlo más allá de los libros; una persona, con todas sus costumbres, su habla y su pasado, puede ser leída. Cada uno aquí, cada familia presente lleva consigo una historia que merece ser contada, una experiencia que es digna de ser parte de lo que llamamos literatura.
Es por eso que, teniendo la oportunidad de estar frente a ustedes, me gustaría agradecer a los invitados que hoy nos acompañan, por el apoyo y la confianza que nos brindaron. También a nuestros docentes, por habernos guiado para formar nuestros conocimientos, nuestra visión, no únicamente de la literatura, sino de todo aquello que nos rodea. Creanme cuando les digo que sus palabras de aliento y sus miradas atentas nos fueron iluminando el camino para llegar a este momento.
Una vez más, el futuro nos ofrece incertidumbre y las mismas dudas vuelven, pero en esta ocasión, mientras observo a mis compañeros de generación, a quienes hoy se les reconoce los años de esfuerzo y dedicación, me gustaría decirles que todavía nos queda mucho por aprender, no porque que no estamos preparados para lo que sigue, sino por las cosas que solo se entienden con la experiencia, con lo que nos hace falta vivir. Es posible que esto los abrume tanto como a mí, pero si soy honesta, me emociona imaginar cómo seremos después de que el tiempo haya pasado; si confío en algo, es que la voluntad que he visto una y otra vez, los puede llevar a conseguir algo extraordinario. Ahora sólo queda preguntarnos, en cinco, diez años, ¿qué habremos hecho? ¿Qué tanto habremos escrito? ¿Qué tantas historias conoceremos y cuántas serán las nuestras?
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