Elementos de la no ficción - Crónica de un robo
El último miércoles de vacaciones de semana santa me encontraba sentada en el piso de la casa de mis padres. Estaba revisando un mueble para televisión que probablemente tenían desde antes de que yo naciera. Era de madera, alto y angosto porque fue hecho para esas teles cuadradas y pesadas que no hemos tenido desde años. De igual manera, mis papás conservaron el mueble, almacenando cosas que realmente ya no usamos: Películas que mi hermana y yo repetíamos hasta el cansancio, percheros para colgar bolsas, una alcancía rosa con una rana sonriendo, una cámara de rollo que no sé si siga funcionando, libros del grupo con el que mi hermana estaba obsesionada, discos de música que realmente nunca me habían interesado. Curiosamente, lo he revisado más veces desde que me fui a Querétaro para estudiar que cuando vivía con mis padres; lo he abierto cada vez que he vuelto a casa, como si esperase que algo cambiara, o quizás como si me reconfortase que nada lo hiciera cuando hay ocasiones en las que no puedo recordar cómo lucía la habitación de mi infancia.
Esta vez en específico ya era de noche, así que intentaba no hacer mucho ruido para no despertar a mis padres, también era diferente de las demás revisiones porque mis planes implicaban alterar la quietud que tanto resguardaba. ¿La razón? Mis papás me habían conseguido un reproductor de cd portátil y estaba determinada en empezar una colección que valiera la pena. Empecé con los de la columna de la derecha, pero la mayoría, para mi profunda decepción, eran discos de los proveedores con los que mis padres lidiaban hace años, cuando mi papá no se había cambiado de trabajo, cuando mi madre era la mejor vendedora de su departamento y entre el sueldo de ambos apenas podían costear una vida en la ciudad. O al menos eso supuse porque me dije que les preguntaría a la mañana siguiente y hasta la fecha no lo he hecho. No me molesté en detenerme a analizarlos, únicamente detectando logos de empresas que no reconocía y dejándolos de lado, pensé en robarme los estuches de plástico en dónde estaban guardados, debo admitir que desearía haberlo hecho. Continué con mi búsqueda, pero para mi sorpresa, lo que encontré fueron varios discos para aprender inglés, había frases sobre lo rápido y fácil que era, prometiendo ser experto en cuestión de meses; los hice a un lado y no me atreví a preguntar cómo llegaron a la casa, no sé si porque ya tenía una idea de quién los trajo o porque no tendría idea de qué decir si resultaba no ser cierto.
Después encontré los discos de música, She Wolf de Shakira y su presentación en MTV, La historia completa de Caifanes Papito de Miguel Bosé, Bad Girls de Donna Summer, La historia de Soda Stereo, Ana José Nacho de Mecano, también compilaciones de música, desde algunos que promocionaban lo mejor del pop en inglés del 2000 hasta aquellos con una imagen de Marge y Homero Simpson bailando para ilustrar a las canciones de banda más sonadas. Al día siguiente, cuando le comentaba estos descubrimientos a mi mamá, al igual que mis futuros robos, me dijo que esos discos eran, en su mayoría, de mi papá; me confesó que ella no solía comprar álbumes, sino que le pagaba a alguien para que le grabara listas de música, y su método de compilación era pedir algunas canciones en específico y decirle esta persona pusiera las que mejor le parecieran, le pregunté dónde los había guardado y me dijo que ya no tenía ninguno, sus hermanas los habían tomado.
Elegí varios para llevarme, algunos por artistas que ya conocía, otros porque me interesaba ver si me gustaban tanto como lo hicieron a mis padres. Ya era de madrugada, pero estaba emocionada por mis descubrimientos y decidí escuchar algunas canciones antes de dormir, también para asegurarme que los discos seguían sirviendo. Me había decidido por coleccionar cds después de un largo tiempo intentando disuadirme a mí misma de hacer algo así, algo esencialmente innecesario y difícil, costoso en ocasiones y frustrante siempre, pero lo seguía queriendo, tener algo que sostener parece ser mi absoluta debilidad. Cuando pasaron las vacaciones le comenté a Laura, una amiga, sobre esa noche, mis descubrimientos y lo conflictuada que estaba al respecto, me dijo que lo viera como una cuestión de archivo. Ahora me pregunto si de eso se habrá tratado esa noche, repasar el registro que mis padres han dejado atrás y yo había dado por hecho. Me pregunto si el saqueo que hice fue una forma de alterarlo, dejando incompleta la vida que podría contar de encontrarse años después; me pregunto si no puede verse más bien como una manera de poner en movimiento algo que antes estaba estático, un archivo que se fragmenta para nutrir otras colecciones y anécdotas. Creo que me gusta pensar que algún día mi propia colección, que contará una historia diferente, será encontrada por otros, y cuando tomen lo que necesiten, llevarán consigo, incluso sin saberlo, un poco de lo que encontré aquella noche en casa de mis padres.
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